martes, 29 de junio de 2010

Sevilla tiene un color especial

No, no estamos en abril ni en el sur de España, sino en una ciudad donde, como dice Camila, "la gente no para de darse amor" y, además, está como loca por el mundial.



Claro, eso era el sábado, previo al día de que los argentinos eliminaran a los mexicanos. Una pena que nos hundió a todos en la tristeza y que no permitió al Manolo del Bombo mexicano celebrarlo como dios manda, ni al resto de los chilangos acudir al Ángel de la Independencia, como pasara días antes, después del triunfo frente a los gabachos.





Así que un día antes, la capital mexicana se vistió de más colores (si cabe) y, partiendo de la zona de Sevilla y la zona Rosa, atravesando todo el Paseo de Reforma, el orgullo gay adornó el centro del DF con todo tipo de detalles gays.



Aztecas gays.




Pesero gay



Un culito gay



El Ángel de la Gaydependencia



Porki gay



Helados gays



Un perro gay



El top manta gay



Galletas gayliciosas



Norteños gays



Los hermanos bros gays



Y un largo etcétera multicolor, donde la cultura mexicana del bicentenario reivindicó a coro la independencia del ser mexicano y gay.



Y como todavía hay palabrejas mexicanas que se nos escapan, nos ponemos a bailar y saltar bajo el cantar "el que no salte buga* es...", recogemos, cual desesperadas, condones gratuitos bajo el grito de Camila, "Andreaaaaaa, flipaaaaaadaaaaa", y nos subimos a una carroza, donde bailamos, movemos las banderas multicolor y la gente nos ama y no para de querer fotografiarse con nosotras.









Todas unas divas.

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*buga=hetero, para los mexicanos gays.

jueves, 10 de junio de 2010

Sheitels

Gorrito negro en la coronilla, ellos, falda hasta los pies, ellas. Sombreros de rabino y rulos en el pelo, ellos, pelucas, ellas. O al menos las judías ultra ortodoxas que pasean calle arriba calle abajo por las avenidas y bulevares de la Colonia de Polanco, en el DF. Claro, como estas "sheitels" o pelucas están hechas de pelo natural, no hay persona ajena a su religión que sospeche que no lucen una bonita melena. Y no es hasta que, llevada de la mano de tus amigas, te adentras en una peluquería de judías y, rodeada de maniquíes con pelucas, encuentras el verdadero significado de la palabra "peluquería". En ella, las clientas, en lugar de sentarse, leer revistas del corazón y marujear sobre pequeñeces que endulzan el día a día, llegan, dejan su peluca, preguntan cuando han de volver a por ella lavadita y peinadita, y se van. Algunas son de las que prefieren despelucarse en el propio establecimiento y lucir la pelusa de su cuero cabelludo ante las miradas furtivas de clientas no judías. Otras, por contra, prefieren dejarle a su chófer o a su asistenta tal tarea, mientras ellas esperan en casa el regreso de su aseada cabellera kosher.

Ver a estas mujeres desprenderse de sus pelucas es sólo un lujo que se tiene si:

a) eres el/la peluquer@ de la peluca (¿se es peluquero de la peluca o de la judía calva que usa la peluca?),

b) eres una clienta furtiva a la que le están haciendo la manicura u otros menesteres y hace uso de los múltiples espejos del lugar,

c) eres el marido de la judía.

Es para este último para el que la judía reserva su verdadera belleza (la de su calva) y como símbolo de modestia, se engalana con diferentes pelucas que, en la mayoría de los casos, supera a la belleza de su propio pelo.

Motivos y modestias a parte, una sale de la peluquería como la que vuelve a casa después de un largo viaje, se mira las uñas, y, mientras sube los hombros, cita textualmente a su abuela: "si lo entiendo, que me maten".



sábado, 5 de junio de 2010

Taxco

Una vez más, el Señor Zepeda aparece en nuestras vidas y nos acoge en su camioneta para desplazarnos a los alrededores del DF. Aunque esta vez no será Zepeda el que nos guíe, sino Miguel, uno de sus discípulos, que es antropólogo de día, maestro de inglés de tarde y guía turístico los fines de semana. Ante tal apretada agenda laboral, una se pregunta "¿por qué? ¿de qué huye este hombre?" y como yo ya me sabía la respuesta porque cuando vinieron María y Luis hicieron se hicieron coleguitas de él, les previne a mis amigos con la historia de la japonesa que le rompió el corazón, y con el que los japoneses son xenófobos con los mexicanos, y que por mucho que no pare de decir "don't worry be heappy", este hombre está jodido.

El viaje es largo, nuestra parada en Cuernavaca es corta y queremos que la parada en el destino final, Taxco, no lo sea. Protestamos a Miguel, pero como en el grupo hay también un coreano, una china, un irlandés y 3 ecuatorianos, pues así como que ni modo. Con la excusa de educarnos para que no nos vendan plata mala, nos meten en una tienda, nos dan mezcal en ayunas y nos dan una cestita para que la llenemos de la plata buena. Pero no nos mola el rollo, así que después de que el resto del grupo cayera en la trampa, nos piramos a la ciudad, comemos, vemos más plata, visitamos la Catedral, y callejeamos un poco con Miguel por un mercado apestoso y unas calles cuesta arriba cuesta abajo, que bien podrían ser de un Campo de Criptana o de un Toledo en un día soleado.

Pero cuando la morriña se apodera de mi ser, Miguel nos regala un marcapáginas con motivos prehispánicos, ligamos con un padre con su hijo, y nos comemos un helado a toda prisa, antes de que Miguel llegue con el resto del grupo y nos obligue a meternos de vuelta en la camioneta para disfrutar de nuestas 3 horas y media de regreso...

Una auténtica nimiedad.


Catedral de Cuernavaca






Catedral de Taxco