En estos momentos en los que los perfiles de tus amigos icexianos en el feisbuk se llenan de melancólicas frases del tipo "increíble moña en vuestra fiesta de despedida, se lió parda", otras como "nunca olvidaré al Guaje en el suelo olisqueando las bragas de la estriper, gracias, sois geniales", o un llano y simple "volviéndome loca mientras mi culo se sienta en las maletas :(", es cuando te das cuenta de que sí, de que esto se acaba, de que los gachupines nos volvemos por donde hemos venido, cerrando círculos que se han llenado de viajes, fiestas, anécdotas, amigos y mil cambios emocionales.
Empaco la maleta, esto me lo llevo, esto lo doy, esto lo tiro... Menos mal que esta vez me tomo la molestia de hacer la maleta 3 días antes de emprender mi retorno. No quiero que me pase como las otras veces que he vuelto de mi exilio con 7 kilos de ropa en el cuerpo. Que si es por kilos, mejor me los llevo incrustados en mi trasero, pero que si no me cabe en el equipaje, que no me lo llevo.
Y entonces frases con acento mexicano del tipo "mi casa es su casa", "ojalá y regrese por acá", "ay, ¿pus cómo cree?¡no se marche, quédese!", invaden tu mente y tu corasao que se encoge y se agranda sólo de pensar que te vas, que abandonas el hogar en el que se ha convertido una casa llena de incómodos muebles de madera maciza cual bosque frondoso, y la familia hispano-mexicana que te ha adoptado en momentos de cambio, de soledad, de alegrías, de crudas y de tristezas pasajeras. De dejar de conocer un país increíble al que le queda mucho jugo por exprimir.
De abandonar la Gran Tenochtitlán.
Pero sabes que es el momento de un cambio y te encuentras saltando en una enorme cama elástica, con el corazón a mil, sin poder dormir, tomando aire para dar el salto final y volar, cual pajarito, de regreso al nido, dentro de 3, 2, 1...
Empaco la maleta, esto me lo llevo, esto lo doy, esto lo tiro... Menos mal que esta vez me tomo la molestia de hacer la maleta 3 días antes de emprender mi retorno. No quiero que me pase como las otras veces que he vuelto de mi exilio con 7 kilos de ropa en el cuerpo. Que si es por kilos, mejor me los llevo incrustados en mi trasero, pero que si no me cabe en el equipaje, que no me lo llevo.
Y entonces frases con acento mexicano del tipo "mi casa es su casa", "ojalá y regrese por acá", "ay, ¿pus cómo cree?¡no se marche, quédese!", invaden tu mente y tu corasao que se encoge y se agranda sólo de pensar que te vas, que abandonas el hogar en el que se ha convertido una casa llena de incómodos muebles de madera maciza cual bosque frondoso, y la familia hispano-mexicana que te ha adoptado en momentos de cambio, de soledad, de alegrías, de crudas y de tristezas pasajeras. De dejar de conocer un país increíble al que le queda mucho jugo por exprimir.
De abandonar la Gran Tenochtitlán.
Pero sabes que es el momento de un cambio y te encuentras saltando en una enorme cama elástica, con el corazón a mil, sin poder dormir, tomando aire para dar el salto final y volar, cual pajarito, de regreso al nido, dentro de 3, 2, 1...

















