lunes, 27 de septiembre de 2010

3,2,1...

En estos momentos en los que los perfiles de tus amigos icexianos en el feisbuk se llenan de melancólicas frases del tipo "increíble moña en vuestra fiesta de despedida, se lió parda", otras como "nunca olvidaré al Guaje en el suelo olisqueando las bragas de la estriper, gracias, sois geniales", o un llano y simple "volviéndome loca mientras mi culo se sienta en las maletas :(", es cuando te das cuenta de que sí, de que esto se acaba, de que los gachupines nos volvemos por donde hemos venido, cerrando círculos que se han llenado de viajes, fiestas, anécdotas, amigos y mil cambios emocionales.

Empaco la maleta, esto me lo llevo, esto lo doy, esto lo tiro... Menos mal que esta vez me tomo la molestia de hacer la maleta 3 días antes de emprender mi retorno. No quiero que me pase como las otras veces que he vuelto de mi exilio con 7 kilos de ropa en el cuerpo. Que si es por kilos, mejor me los llevo incrustados en mi trasero, pero que si no me cabe en el equipaje, que no me lo llevo.

Y entonces frases con acento mexicano del tipo "mi casa es su casa", "ojalá y regrese por acá", "ay, ¿pus cómo cree?¡no se marche, quédese!", invaden tu mente y tu corasao que se encoge y se agranda sólo de pensar que te vas, que abandonas el hogar en el que se ha convertido una casa llena de incómodos muebles de madera maciza cual bosque frondoso, y la familia hispano-mexicana que te ha adoptado en momentos de cambio, de soledad, de alegrías, de crudas y de tristezas pasajeras. De dejar de conocer un país increíble al que le queda mucho jugo por exprimir.

De abandonar la Gran Tenochtitlán.

Pero sabes que es el momento de un cambio y te encuentras saltando en una enorme cama elástica, con el corazón a mil, sin poder dormir, tomando aire para dar el salto final y volar, cual pajarito, de regreso al nido, dentro de 3, 2, 1...

miércoles, 22 de septiembre de 2010

Dentro de la Madre Tierra

Esta cuenta atrás está acabando con mis nervios, mi estómago y, por si fuera poco, mi garganta. Necesito una cura de mi campo magnético. Con ese propósito me busco un chamán para que me haga una limpia y me someta a una dura sesión de Temazcal.

Así pues, en pleno finde del bicentenario de la independencia mexicana, donde el orgullo patrio brilla en todo su esplendor, nada mejor que someterse a esta tradición prehispánica y encontrarse en el microcosmos reflejada en una azteca morena, de pelo largo y tetas en libertad.

El ritual comienza con una limpia por el chamán procedente del pueblo de Amatlán que, con sus hierbas y plantas curativas, incienso y fuego, te elimina todas las malas "vibras" que hay que dejar fuera antes de introducirse en el interior de la Madre Tierra o baño de vapor que representa el temazcalli con forma de iglú, para unas, o de horno de leña, para otras. Mientras te limpia y te vas relajando, un ayudante del chamán con sombrero de cowboy va encendiendo el fuego y subiendo la temperatura del iglú, para que los 50º C estén listitos para cuando te introduzcas en él.

Una vez el lugar está calentito, hay que seguir a cuatro patas al chamán y comenzar a seguir sus pautas: inspirar, espirar y suspirar del calor. Hay que estar muy, pero que muy concentrado para no desfallecer; más o menos de esta guisa "inspiro-espiro-ins-madre mía qué calor-piro-espiro-no sé cómo coño aguanta mi amiga del norte-inspiro-etc-etc". Nosotras apretamos nuestros puños mientras el chamán va subiendo cada vez más la temperatura, nos abrazamos, nos decimos que nos queremos, nos reecontramos con nuestros seres queridos, que están y que ya no están, nos liberamos de los dolores que nos atan las piernas y no nos dejan avanzar por el camino y los dejamos enterrados en el vientre de la Madre Tierra. En ese momento (en el que tu amiga del norte ya ha desaparecido) el chamán nos echa agua fría en la cara y en el cuerpo sudoroso, nos humea con incienso, nos restriega hojas de cactus pegajosas, nos toca el tambor acompañando su cántico prehispánico y nos conduce al interior de una piscina de burbujas que nos va aclimatando y va transformando de nuevo nuestras caras de tomates a las de unas personas normales.

Y así, poco a poco, vas saliendo del estado febril de los 60ºC a los que te has visto sometida, vuelves del microcosmos azteca u olmeca a tu cosmos habitual y te tomas tu té calientito, al tiempo que flipas de la experiencia entre tortura china y meditación ancestral que acabas de vivir.

Toda una experiencia mística e introspectiva que ha liberado mi cuerpo de toxinas al ritmo de tambores que me susurran que mi tiempo mexicano está a puntito de expirar.


viernes, 17 de septiembre de 2010

Atravesando fronteras

"Bienvenidos a bordo del autobús rumbo a la Ciudad de Guatemala. Todos los pasajeros disponen de asientos reclinables y aire acondicionado para su comodidad. Asimismo, disponen en la parte trasera de cuarto de baño el cual, les rogamos, usen únicamente para cuestiones urinarias, dado que únicamente se encuentra preparado para ello".

Así comienza nuestro viaje de Tapachula (Chiapas) al "lugar de los muchos árboles" que es Guatemala. Nosotras decidimos cruzar la frontera vía terrestre porque es más barato y porque es más divertido. De camino al autobús ya nos había advertido el taxista que era peligroso cruzar la frontera y que era mejor si nos llevaba él. "Sí, claro, sí, sí", pensamos. Así que cuando llega la hora, nos despertamos y entre cambiadores de "¡¡pesos-quetzales-pesos-quetzales!!" a gritos, conseguimos llegar a tierras guatemaltecas. "Pues tampoco era para tanto", nos decimos.

Una vez en Ciudad de Guatemala, acostumbradas ya a que los taxistas fronterizos nos metan miedo, decidimos no hacer caso a las advertencias del conductor que nos lleva a la estación de autobuses llamados popularmente "chicken bus".

-Yo fui conductor de autobús durante diez años y me asaltaron varias veces, matando a varios pasajeros
- nos cuenta.
- No se preocupe por nosotras, señor, llevamos chalecos antibalas con nosotras-respondemos.
-Bueno, en ese caso, procúrense no ponerse cerca del conductor y a ser posible en el pasillo y no en la ventanilla- nos advierte.
- Vale- responde Bea campante.

Tras hablar con el becario guatemalteco, Pablo, desde Antigua, nuestro primer destino, nos damos por convencidas de que sí, de que verdaderamente esos autobuses son chungos. En todo caso mereció la pena montarse en esa pequeña montaña rusa.







A partir de ahí nuestro viaje va rodado:

Nuestra primera excursión es al volcán Pacaya, donde nos comemos unas ricas nubes de gominola al fuego lento de la lava dormida y donde un guía, que es un encanto, nos cuenta la desgracia de haber perdido su hogar tras la última erupción del volcán (todo eso sin perder la bonita sonrisa guatemalteca que caracteriza el rostro de todos los del lugar)











Al día siguiente paseamos por la ciudad de Antigua Guatemala, con sus iglesias abandonadas, sus calles empedradas, su comida típica, sus fincas de cafetales con exquisitos cafés cien por cien arábica, su lluvia por la tarde, sus cachimbas y sus tatuajes árabes. Una delicia para el estómago de alguna de nosotras.





















Hasta aquí todo iba bien. Sábado, 5 de la mañana. Nos disponemos a ir rumbo al Lago de Atitlán, uno de los más grandes de América. "Con este madrugón estaremos allí sobre las 9", nos creemos. Claro, eso hubiera sido el caso si no hubiera habido un desprendimiento de tierras que nos mantuvo en plena carretera durante 5 largas horas guatemaltecas. Con cansancio sin igual y con necesidades varias, homenojeamos a todos los camioneros que por ahí estaban. Menos mal que en caso de desfallecimiento podíamos comer ricas tortillas y tamales que te ofrecían vendedores ambulantes salidos de entre las piedras.



Y cuando por fin llegamos al Lago, éste nos recibe con una gran niebla que nos impide ver toda su enormidad. Agarramos rápidamente una lancha y nos paseamos por los limpios y cuidados pueblos hippies de alrededor llenos de indígenas guapos y sonrientes. Estos guatemaltecos son mu majetes.











Agotadas y rendidas, nos alegramos al día siguiente a las 6 de la mañana cuando el ruido de la lluvia nos impide ver el amanecer en el lago. No nos queda otra que levantarnos al rato e irnos a desayunar sin ver el Lago despejado...

Embarcamos en una furgo rumbo a Chichicastenango (Chichi), pero justo el Lago despeja, flipamos un rato y seguimos hacia la ciudad del mercado de artesanías más grande de Latinoamérica. Allí hablamos con loros, visitamos Iglesias donde se mezcla la tradición maya con costumbres cristianas, nos agobiamos un rato en el mercado y paseamos hacia el cementerio donde unos cuantos chamanes purifican el campo energético de la gente sobre las tumbas coloridas de Chichi.

















Pero nuestra aventura termina y nos tenemos que regresar a Tapachula, no sin antes agarrar una furgoneta por 5 horas de nada y una bicitaxi que nos atraviesa la frontera y que, por ser guatemalteca, casi se mete en un gran lío con el sindicato de bicitaxis mexicano. Menos mal que estábamos las damas de por medio para poner un poco de paz en aquella noche lluviosa.

Un final pasado por agua y con un "mamasitas ¿a qué hotel van?" para terminar, que nos ameniza la noche y nos hace olvidar que al día siguiente nos tenemos que levantar a las 4.30 para ir a trabajar...

miércoles, 8 de septiembre de 2010

Laguna de Tequesquitengo

Hace mucho mucho tiempo, allá por las tierras donde se producía tequezquite, justo a orillas de un ojo de agua, se asentaron unos frailes gachupines fundando lo que fuera un monasterio de dominicos. El pueblo fue creciendo y creciendo. Transcurrieron los siglos y aumentaron las ansias económicas de los sembradores de caña de azúcar hasta el punto de transformar las tierras y aumentar así el caudal de la laguna, la cual fue devorando poco a poco el pueblo hasta su completa desaparición. Cuenta la leyenda que en las noches que se va la luz por tormentas veraniegas, los monjes del monasterio resurgen de entre las aguas y ponen pruebas de todo tipo a los visitantes del lugar.

Dos siglos más tarde, durante un cálido fin de semana del mes de agosto, el nuevo pueblo de Tequesquitengo recibirá a unos cuantos gachupines más, esta vez para la celebración de cumpleaños y respectiva mordida de una niña granaína.

Y allá que vamos.

El amo de llaves nos recibe con un frote de manos a lo señor Burns un tanto sospechoso. Sus dos guardianes de seguridad vienen siendo dos jóvenes en pleno proceso de rehabilitación social y, mientras roncan en el banco de la entrada, nos aportan seguridad al tiempo que festejamos el cumpleaños entre barro, baños en la piscina con ropa, pelea de huevos, y malintencionados cánticos gregorianos al amanecer. A la mañana siguiente, con la legaña pegada y la sintonía de la Granja de Playmobil en la cabeza, la cocinera brilla por su ausencia, así que el amo de llaves nos propone a su mano derecha, llamado Rogelio, como chef de alto standing.

- Sí, sí, claro, pero... ¿por qué huyó la señora cocinera?

-Ay, pus no sé
- nos contesta el amo.

A los cinco minutos.

- Ay, pus que parece que la cocinera tiene trabajo en otro sitio.

A los cinco minutos.

- Ay, pus la señora dice que vino y que como vio que todo estaba sucio, pus así como que agarró sus bártulos y se fue.

A lo que, las que estábamos despiertas rodeadas de ese caos, respondemos:

- Pero bueno, ¿es que la señora no se había comprometido con usted?


-Ay, pus así son, pero yo ahorita le pido a Rogelio que les cocine.


-Sí bueno, mejor luego-luego, cuando lo platiquemos con el resto del grupo. Muy amable
- le contestamos de reojo.

Una recogida de mierda y un chapuzón en el agua después, parece que todo el mundo recobra la calma, las motos de agua, unos, y la quema del sol, otras. Todo un gran aperitivo para el tartazo en la cara desprevenida de Noe, regalitos, siestas desvariantes y barbacoa pregeneradora de mierda.

Tanta fue ésta, que subió por los conductos internos de la casa, escaló las tuberías hasta el segundo piso y terminó por colapsar el WC mixto de nuestra habitación creando sorpresa e indignación en algunas (Bea), arcadas en otras (Nuri), y risas y arcadas en cadena en el resto (yo misma).

Toda una laguna de dudas acerca del autor de tal inolvidable contienda y una clara conclusión del fin de semana: Nurita caga rosa.















martes, 31 de agosto de 2010

Indispensables

Uno de los indispensables que aconseja nuestra adorada Lonely Planet antes de visitar México es poseer un "paladar aventurero", a lo que añadiría yo la coletilla de "y estómago de hierro". Otro de estos mencionados es el tener una gran "pasión por los imprevistos".

Imprevistos en el DF puede haber muchos, pero de lo que no se salva ni un sólo día en época de lluvias es de una buena tormentita. Cosa que procuro enfatizar a mis visitas veraniegas antes de su viaje a la Ciudad de México, y cosa por la que todo visitante no termina de entender. "Pero si estamos en verano, joder". "Sí, hijo, pero estamos en el trópico". Y es lo que pasa cuando tú le das tal información a tu hermano, y su pobre novia se viene con toda la ropa de verano. Ni modo.

Y aunque mi segunda visita familiar vino un poquito más preparada, no dejaron de comprarse paraguas, chubasqueros y catiscuas para combatir el usual cubo de agua que suele caer desde el techo mexicano. El cielo del DF no tiene piedad, no. Y así les recibió el día que llegaron, el día que se fueron con el señor Zepeda a Teotihuacán, nos acompañó el día que queríamos visitar Chichen Itzá y terminamos en una piscina caliente que creímos termal, el día que paseábamos por las calles de Oaxaca y el pobre de Javier tuvo que ir en busca y captura de paralluvias y plásticos, y otros tantos que mi memoria y la de ellos prefiere no recordar.

Menos mal que siempre queda el candor de algún viajero argentino para entonarle a mi madre un "pero qué relinda te ves", comentario éste de gran repercusión que no dejó de recordarse durante las picaduras de insectos, herpes en las bocas, quemaduras solares, diarreas temporales y esguinces de tobillo que abundaron en nuestro viaje.

Y es que "un seguro apropiado" es otro de los indispensables que nuestra amiga Lonely Planet aconseja en la puesta a punto rumbo México. Sí, sí, claro.

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Haciendo amigos (Vittorio o Luchino entre ellos):













Mérida:



Uxmal:



Chichen Itzá:



Cobá:





Playa de Tulum (nudista):



Ricas frutas en Puebla:





Oaxaca:





Árbol del Tule:



Hierve el Agua:









Mitla:



Tocando el Sol:



Monte Albán:



Alebrijes:



Chapulines:



Guanajuato: