Como Luis el conductor, una vez en las cabañas, nos recordó por última vez, nos plantamos como clavos en la recepción a las 6 de la mañana. Al rato llega una camioneta "¿Es usted la señorita Andrea Sánchez?", "Sí, soy yo", respondo tras mis gruesos cristales de miope, "Ah, pero son 3. ¿Traen ustedes los boletos?", pregunta, "¿De qué boletos está usted hablando?", respondo."¿En la agencia no le dieron nada?, déjenme entonces que voy a checar una cosa", y esa fue la última frase que le oímos al desconocido, ni un "adiós, os dejo ahí tirados" ni nada. Como no volvía, al rato larguísimo llamamos a la agencia pidiendo explicaciones del extraño suceso, y nos comunican que lo sienten, que es que se han olvidado de nosotros... Pero entonces quién era el tipo que preguntó por mí? ¿Habría otra yo en las mismas cabañas esperando para la misma excursión con otra agencia?
Al tantito llega un conductor de la agencia con una acompañante para hacernos alcanzar al resto del grupo que ya lleva 45 minutos de rumbo. Después de una hora a 180 kilómetros por hora en unas carreteras en las que cada 5 minutos hay que reducir la velocidad porque se atraviesan pequeños poblados, conseguimos alcanzar al resto del grupo que ya han terminado de desayunar. "Tomen, este es su desayuno", y nos alargan una bolsa de plástico con una pajita y jugo de naranja dentro. "¿Quién quiere vasos teniendo bolsas de plástico?", opina María.
Al fin llegamos al río Usumacinta, río fronterizo entre Guatemala y México (por cierto, igualitos los dos países), y que nos conduce al lugar recóndito de Yaxchilán. Nos separan, por ser españoles, del resto del grupo formado por gringos, alemanes guapos y franceses. El guía, que es maya, permanece con nosotros a pesar de ser españoles, si bien opina que moriremos todos en el 2012, según augura su calendario.
Subimos y subimos, adentrándonos en la selva, como personajes perdidos de esa serie que no veo, hacia las ruinas desordenadas numéricamente, cuando al llegar a lo más alto y sin aliento, nos encontramos con una víbora amarilla y negra. "Miren, una serpiente venenosa", nos dice un vigilante. "¿Pero cómo de venenosa?", preguntamos mientras le hacemos fotos al animal. "Pus así no más que te mata", nos responde. El reptil, al oír tales palabras, se da media vuelta y comienza a aproximarse hacia nosotros. "¿Y en cuanto tiempo has dicho que te mata este animalillo?", preguntamos mientras nos vamos alejando. "Pues así como que en unos diez minutos", nos responde el vigilante, mientras nos echamos a correr. "Vámonos echando leches de aquí", nos decimos. "Pero tengan cuidado, pues muchas otras víboras andan camufladas en medio de la selva entre las hojas", nos advierte el vigilante. Qué majo.
¡Psssssssssssss!
Después del susto y de casi morir envenenados y deshidratados, nos comemos unos tamales alucinógenos, según nuestro amigo el maya, y comemos en un restaurante con agua de jamaica (intoxicada para Luis), antes de ir hacia nuestra última excursión: Bonampak. De camino hacia allá, nos hacemos amigos de una mexicana loca de mediana edad, de un joven alemán de año sabático y de toda la furgoneta en general.
Hacemos fotos a las pinturas, un chico fuertote se hace el valiente con pequeñas víboras, escuchamos el dulce cantar de los monos de la selva, y nuestra amiga mexicana se despide de nosotras con un lindo concierto en el cuarto de baño y celestineándonos con el joven alemán.
Como el Lorenzo chiapaneco está triste porque nos vamos, nosotros le dedicamos un último baile.
Y con lágrimas en los ojos le decimos adiós a Chiapas. Adiós al subcomandante Marcos. Adiós a los mosquitos. Adiós a los gallos y gallinas de Chamula. Adiós a las cabañas y a los hippies. Adiós a Rogelio y a su tropa...
Adios a las jaurias de San Cristobal, a los zumos en bolsas, a los baños en preciosas cataratas....
ResponderEliminarADIOS ANDRIUUUUUUUU!!!!!!
Por cierto me siento bastante prota, mola...
ResponderEliminarQ gaupa sales en mis gafas!!!!
Eres totalmente protagonista, Lobato mío :)
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